Herencias culturales de Fresa y chocolate

~ diciembre 25, 2013 ~

Por: Joel del Río, periodista y crítico de cine
Salon-RoccoLa película cubana más conocida y prestigiosa de los años noventa celebra sus veinte años este diciembre.  Fresa y chocolate, codirigida por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, con guión de Senel Paz, inspirado en su cuento El lobo, el bosque y el hombre nuevo, fue filmada mayormente, como le cuadra a un drama intimista, en el interior de una casa. En esa casa, sita en Concordia 418, entre Gervasio y Escobar, se  emplaza hoy el restaurant La Guarida, un lugar que atesora decenas de objetos, fotografías, espacios y trazos culturales referentes a una película devenida mito en la iconografía inherente al contexto cultural cubano.

Mucho se ha hablado de la novedad que el filme representa, dentro y fuera de Cuba, en cuanto al tratamiento del tema de la intolerancia y el diseño de personajes marcados por sus carencias y dolorosos aprendizajes. Pero lo que no ocurre con tanta frecuencia es la validación del filme en tanto depositario de múltiples y significativas citas y homenajes a la literatura y el arte cubanos. Fresa y chocolate devino una suerte de palimpsesto audiovisual donde se inscribieron capas conformadas con la esencia de numerosos paradigmas provenientes de la religiosidad popular, la literatura, la música, la plástica y la arquitectura reconocidos por su trascendencia.

Si David, el personaje que lleva el punto de vista, se declara ateo y marxista, Diego y Nancy tienen sus altares, discuten con sus respectivas vírgenes, y evidencian el típico sincretismo religioso cubano que combina el catolicismo con la santería,  y adora por igual, en el mismo icono y con el mismo color amarillo, a Oshún y a la Caridad.del Cobre. También se alude a la religiosidad intelectualizada mediante las estatuas con referencias a las efigies de la cristiandad que el personaje de Germán, el amigo pintor de Diego, sacrifica para lograr que le acepten su exposición.

El rostro de José Martí aparece entre los fetiches más queridos del personaje que interpreta Jorge Perugorría. Y en el mismo “altar” venerado por Diego está también la fotografía del célebre José Lezama Lima, a quien David confunde con el padre de su recién conocido en un alarde de ignorancia que, además, pone de relieve el injusto desconocimiento en que sobrevivía la obra literaria de uno de los poetas, ensayistas y narradores más respetados en las letras cubanas de todos los tiempos. Más tarde, en un punto de giro dramático que demarca el acercamiento entre David y Nancy, ocurre el famoso “almuerzo lezamiano”, mediante el cual Diego agasaja a sus dos amigos con platos muy similares a los que se describen en el capítulo VII de la novela más famosa de Lezama, Paradiso.

Si bien son muy conocidos los aires nostálgicos de la música compuesta para la película por José María Vitier, se recuerda menos cómo la banda sonora se apropia de melodías de Ernesto Lecuona (se incluyen las danzas para piano A la antigua e Interrumpida), Benny Moré (Tú me sabes comprender), Pablo Milanés (Y ya ves) e Ignacio Cervantes (autor de las obras pianísticas Ilusiones perdidas y Adiós a Cuba, que se escuchan sobre todo subrayando la tristeza que le provoca a Diego abandonar la Isla) en varios momentos dramáticamente claves, y con la evidente intención de presentar una especie de antología de “lo cubano”, una antología en la que también aparecen, en rápida sucesión, referencias a los vitrales, el ballet nacional, la campaña de Alfabetización y a la derruida arquitectura colonial de Centro Habana y La Habana Vieja.

Esta suerte de galería artístico-literaria que sigue siendo Fresa y chocolate se reproduce y festeja en la ambientación de La Guarida, un lugar que hereda similares sincretismos, antologías y barroquismos que la más célebre película cubana de los años noventa.